Una piedra del Cerrado
En algún momento de 2023, un hombre del norte de Minas Gerais fotografió un extraño guijarro oscuro que había recogido en la finca de su padre. Era negro, con la superficie curiosamente picada, más ligero que un canto de cuarzo y con forma de lágrima. Publicó la foto en un grupo en línea de identificación de meteoritos. La publicación fue rodando, como suele pasar con estas cosas, hasta llegar a Gabriel Gonçalves Silva, investigador en química de la Universidad de São Paulo, que se la reenvió a su colaborador Álvaro Penteado Crósta, de la Universidad Estatal de Campinas (UNICAMP). Crósta lleva buscando cráteres de impacto en Brasil desde su proyecto de maestría, en 1978. Nunca había visto una tectita brasileña. Nadie la había visto.

Se mostró escéptico. «Las tectitas son extremadamente raras», contaría después Crósta a Eos. «Se forman en condiciones muy específicas y no sobreviven mucho tiempo en el registro geológico. Así que fue una sorpresa total». Los vecinos de Taiobeiras, Curral de Dentro y São João do Paraíso llamaban a estas piedras turmalina fundo de garrafa, «turmalina de fondo de botella». La madre de un coleccionista, según informaría más tarde el diario brasileño Estado de Minas, había tirado una lata entera. Después, un segundo vecino, de un pueblo situado a decenas de kilómetros del primero, se puso en contacto con el equipo con el mismo tipo de roca. Silva y Crósta pusieron rumbo al norte.
Lo que encontraron, y confirmaron el 2 de diciembre de 2025 en la revista Geology, es el sexto campo de dispersión de tectitas reconocido en la Tierra, y el primero de Sudamérica. El equipo bautizó estos vidrios como geraisitas, por el estado de Minas Gerais. El reloj de 40Ar/39Ar que leyeron dentro del vidrio situó el evento que los formó hace unos 6,3 millones de años, en el Mioceno tardío. Un nuevo capítulo del registro de impactos de la Tierra llevaba una eternidad tirado en el campo brasileño, apartado a patadas por el ganado.
Qué hace que un vidrio sea una tectita
El vidrio volcánico es común; la escoria de las antiguas fundiciones, todavía más; los rayos funden la arena de las dunas costeras y la convierten en fulguritas. Unos guijarros negros, vítreos y en forma de gota, tirados en el polvo de una finca del cerrado, podrían ser a primera vista cualquiera de estas cosas. Llamar tectita a un vidrio es afirmar algo mucho más concreto: que ese vidrio se generó en el impacto de un meteorito a hipervelocidad, que se fundió a partir de la roca diana de la corteza, que salió despedido en trayectoria balística a través de la alta atmósfera y que cayó como una lluvia a cientos, a veces miles, de kilómetros de distancia.
Antes de este artículo se conocían cinco campos de dispersión de tectitas. Cuatro se conocen desde hace tanto que recibieron su nombre en el siglo XIX o a principios del XX: el campo australasiático (que se extiende por más del 10 % de la superficie terrestre, de Indochina a la Antártida), las moldavitas centroeuropeas del sur de Bohemia y Moravia, las tectitas de Costa de Marfil, o ivoritas, de África occidental, y las bediasitas y georgiaitas norteamericanas de Texas y Georgia. Un quinto, el de los vidrios de impacto de Belice, en torno a la zona de Pook’s Hill, no fue elevado a la categoría de tectitas de pleno derecho hasta 2021, cuando el grupo de Pierre Rochette vinculó los vidrios de Belice con el cráter de Pantasma, de 14 km, en Nicaragua. El equipo de Crósta acaba de añadir un sexto.
La prueba del agua
La medición más discriminante de todas las que hizo el equipo de Crósta fue la más aburrida: cuánta agua queda atrapada dentro del vidrio. Los vidrios volcánicos como la obsidiana contienen entre unas 700 ppm y alrededor de un 2 % de agua; esto último equivale a 20.000 partes por millón. Las geraisitas dan entre 71 y 107 ppm por espectroscopia infrarroja por transformada de Fourier, y el artículo publicado lo redondea a un intervalo de 70–110 ppm. Es una diferencia de unos dos órdenes de magnitud: un salto de cien veces, por así decirlo. Las tectitas son, en palabras de Crósta a la oficina de prensa de la FAPESP, «notoriamente mucho más secas».
La razón es el propio impacto. Un meteorito que choca con la corteza a decenas de kilómetros por segundo vaporiza en un instante las rocas diana y las somete a metamorfismo de choque. Las especies volátiles, con el agua a la cabeza, se expulsan en milisegundos. La lava que se enfría al salir de un volcán nunca alcanza esas temperaturas ni esas presiones, y atrapa su agua disuelta. Así que, cuando un analista ve un vidrio natural rico en sílice con menos de 1.000 ppm de agua, el origen por impacto ya parte como claro favorito antes de cualquier otra prueba.
Lechatelierita y choque
El otro criterio diagnóstico es microscópico. Dentro de las geraisitas, el equipo identificó raras inclusiones de lechatelierita, un vidrio de sílice pura que solo se forma cuando el cuarzo se funde por choque por encima de unos 1.730 °C. La lechatelierita es lo que queda cuando un grano de cuarzo de la roca diana recibe un golpe tan violento que se salta su estructura cristalina y se congela en un sólido amorfo, sin rasgos. No se forma en los volcanes. Es uno de los criterios diagnósticos de impacto clásicos, que Christian Koeberl, Wolf Uwe Reimold y sus colegas utilizaron hace décadas para vincular las tectitas norteamericanas con la estructura de la bahía de Chesapeake.
Más allá del agua y la lechatelierita, la geoquímica contaba la misma historia. Las geraisitas contienen un 70,3–73,7 % en peso de SiO₂ y una carga alcalina combinada (Na₂O + K₂O) del 5,86–8,01 % en peso, lo que las sitúa en el campo de las dacitas a las riolitas del diagrama estándar de álcalis totales frente a sílice (TAS). El cromo varía entre 10 y 48 ppm y el níquel entre 9 y 63 ppm, una ligera heterogeneidad en los elementos traza que encaja con una roca fuente mixta más que con una diferenciación magmática pura. Las superficies picadas de las geraisitas, añadió Crósta en el comunicado de la FAPESP, son «huellas de burbujas de gas que escaparon durante el rápido enfriamiento del material fundido mientras viajaba por la atmósfera».
Esféricas. Elipsoidales. En forma de gota. Discoidales. En forma de mancuerna. Retorcidas. Solo el catálogo de formas ya coincide con el vocabulario de las tectitas de salpicadura que se viene usando desde hace un siglo para las de Australasia y Costa de Marfil. Los fragmentos van de menos de un gramo a 85,4 gramos, y los ejemplares más largos alcanzan unos cinco centímetros.
El reloj del argón: la datación de las geraisitas en 6,3 millones de años
Datar una tectita es más difícil que datar una colada de lava. El vidrio se enfría a partir de un estado fundido, así que el reloj del argón radiogénico de sus componentes con potasio debería ponerse a cero en el momento del impacto. Pero las tectitas conservan las huellas químicas, y a veces el argón no reiniciado, de sus rocas diana. Si la diana es corteza continental antigua, parte del argón-40 de la roca de origen puede ser heredado en lugar de acumulado de nuevo, lo que sesga la edad aparente hacia valores más antiguos.
El equipo de Fred Jourdan en la Western Australian Argon Isotope Facility de la Universidad Curtin sometió las geraisitas a un análisis 40Ar/39Ar por calentamiento por pasos. El resultado, recogido en el resumen publicado, son tres edades plateau muy agrupadas: 6,78 ± 0,02 Ma, 6,40 ± 0,02 Ma y 6,33 ± 0,02 Ma. Tres vidrios, tres edades, todas dentro de unos pocos cientos de miles de años. Un agrupamiento lo bastante estrecho como para defender un único evento y no una serie de impactos sin relación entre sí. La mejor estimación del equipo para la edad de formación es de unos 6,3 Ma.
Pero Crósta es prudente. «La edad de 6,3 millones de años debe interpretarse como una edad máxima», explicó a la oficina de prensa de la FAPESP, «ya que parte del argón puede haberse heredado de las rocas antiguas sobre las que cayó el impacto». Ese matiz importa. La edad real podría ser apreciablemente más joven, según cuánto argón antiguo arrastraran las rocas de origen al fundido. El propio artículo de Geology señala que «la posible presencia de 40Ar* heredado exigirá más análisis para establecer plenamente su edad».
Seis coma tres millones de años sitúan el impacto en el piso Messiniense del Mioceno tardío (7,246–5,333 Ma). La crisis de salinidad del Messiniense, la desecación cíclica del Mediterráneo, comenzó hacia 5,97 Ma, varios cientos de miles de años después del evento de las geraisitas. Ninguna fuente publicada establece un vínculo causal ni estratigráfico entre ambos; la proximidad temporal es una coincidencia, no una consecuencia. Tampoco se ha relacionado ninguna extinción con el impacto. El evento de las geraisitas ocupa un rincón tranquilo de la cronología del Mioceno tardío, registrado hasta ahora solo en el propio vidrio.
Tras la pista de la roca diana: el cratón de São Francisco

Una vez que tienes una tectita, el siguiente rompecabezas es la diana. Las tectitas son huellas emborronadas de las rocas que se fundieron; su química global, sus isótopos y sus elementos traza llevan, todos ellos, una herencia. El equipo de Crósta midió las composiciones isotópicas de estroncio, neodimio y hafnio de las geraisitas y calculó las «edades modelo» de Nd y Hf, cálculos que en la práctica preguntan: ¿cuándo se separó este material del manto por última vez?
La respuesta fue llamativa. Las edades modelo apuntan a una fuente de corteza continental, muy probablemente rocas félsicas mesoarcaicas, de entre unos 3.000 y 3.300 millones de años. Eso es más de la mitad de la edad de la Tierra. Las relaciones K₂O/Na₂O y SiO₂/Al₂O₃ (1,6 y 4,9 respectivamente, con un SiO₂ global cercano al 71,9 % en peso) refuerzan la idea de un protolito granítico.
«La firma isotópica indica una roca fuente continental, granítica y muy antigua», dijo Crósta. «Esto reduce muchísimo el universo de áreas candidatas». Solo un bloque cratónico arcaico del este de Brasil —uno que contiene los componentes granito-greenstone mesoarcaicos que encajan con la firma isotópica de las geraisitas— coincide con la geografía del campo de dispersión: el cratón de São Francisco, que aflora en Bahía y Minas Gerais y se extiende bajo la mayor parte de la región donde se han encontrado geraisitas. La búsqueda del cráter es ahora una búsqueda por todo el cratón de São Francisco.

El sexto campo de dispersión
En el artículo publicado, el campo de dispersión de las geraisitas se describe como una franja de unos 90 kilómetros de largo en el norte de Minas Gerais. Desde que se envió el artículo, los hallazgos en Bahía y, más recientemente, en Piauí han ampliado el campo aparente a más de 900 kilómetros, según declaraciones de Crósta a la FAPESP. «Ahora que la noticia se está difundiendo», dijo a Eos, «puede que más gente se ponga en contacto con nosotros con nuevas muestras». La cifra de 90 km procede del artículo revisado por pares; la de 900 km corresponde a la información de prensa de febrero de 2026 y aún no ha pasado una revisión por pares.
En cualquier caso, el campo es de tamaño medio: más pequeño que el gigante australasiático pero, según dijo Crósta a Eos, comparable en extensión al campo de Belice. De los seis campos de tectitas conocidos, solo tres tienen cráteres de origen perforados y plenamente confirmados. Las geraisitas se suman a las tectitas australasiáticas y a las de Belice en la categoría de cráter sin confirmar.
El cráter perdido de Australasia
El campo de dispersión de tectitas australasiático es el más grande y el más joven de la Tierra: Jourdan y sus colegas lo dataron en 788,1 ± 2,8 ka en su estudio de 2019 en Meteoritics & Planetary Science, y cubre más del 10 % de la superficie terrestre. Su cráter lleva más de un siglo resistiéndose a ser descubierto. En 2020, el grupo de Kerry Sieh en el Earth Observatory of Singapore publicó cuatro líneas de evidencia convergentes —la geoquímica de las tectitas, la datación 40Ar/39Ar de las coladas de lava suprayacentes, las anomalías gravimétricas y una gruesa brecha proximal— que apuntaban a un cráter de unos 15 km de diámetro enterrado bajo la meseta de Bolaven, en el sur de Laos. Un artículo posterior, de 2023 (Sieh et al., PNAS), documentó el material eyectado proximal. La meseta de Bolaven es hoy la principal candidata a origen de las tectitas australasiáticas, aunque la cuestión sigue discutida en la literatura (Mizera 2022; réplica de Sieh et al. 2024), y la estructura sigue bajo unos 300 metros de basalto y nunca se ha perforado. Las geraisitas no están solas: las tectitas australasiáticas y las de Belice tampoco tienen cráteres de origen perforados y plenamente confirmados.
Las moldavitas y el Ries

Las moldavitas centroeuropeas son el ejemplo de manual de una tectita rastreada hasta su cráter. Estos vidrios verde botella de Bohemia y Moravia, utilizados por el ser humano desde el Gravetiense, hacia el 29.000 BP, cuando aparecieron esquirlas de moldavita junto a las figurillas de Venus en los yacimientos de Willendorf, en la Baja Austria, se vincularon con el cráter Nördlinger Ries (de ~24–26 km de diámetro, según el borde que se tome) en Baviera gracias a un conjunto de evidencias convergentes que Dieter Stöffler y sus colegas revisaron a fondo en 2013. La edad del impacto, la geoquímica, la sistemática isotópica y la dirección de dispersión de los materiales eyectados coinciden. El impacto del Ries, datado en 14,808 ± 0,038 Ma por el estudio 40Ar/39Ar de alta precisión que Schmieder y sus colegas realizaron en 2018 sobre moldavitas de Besednice, Chlum nad Malší y Jankov, fundió los sedimentos superficiales del Jura de Suabia y los lanzó hasta 450 km hacia el este, a lo que hoy es la República Checa.

Costa de Marfil y Bosumtwi
Las tectitas de Costa de Marfil, unos pocos cientos de ejemplares como mucho en colecciones públicas y privadas, fueron vinculadas con el cráter del lago Bosumtwi, de 10,5 km, en Ghana, por Christian Koeberl, Billy Glass y sus colegas en una larga serie de artículos que culminó en Koeberl et al. 1997. La prueba decisiva fue la coincidencia de edades (unos 1,07 millones de años para el cráter, casi idéntica para las tectitas) y la concordancia de la sistemática isotópica Sr-Nd-Os. Bosumtwi es hoy uno de los cráteres de impacto jóvenes mejor conservados de la Tierra, y en 2004 lo perforó el Programa Internacional de Perforación Científica Continental.

Norteamérica y la bahía de Chesapeake
Las tectitas norteamericanas, divididas en las bediasitas de Texas y las georgiaitas de Georgia, con una extensa capa de microtectitas que se prolonga mar adentro, fueron vinculadas con la estructura de impacto de la bahía de Chesapeake, de 85 km, por Koeberl, Poag, Reimold y Brandt en 1996. Los testigos de sondeo bajo la bahía revelaron cuarzo de choque, rasgos de deformación planar y brechas de fusión de impacto; la edad radiométrica de las tectitas (35,5 ± 0,3 Ma) coincidía con la edad bioestratigráfica del cráter. Es el más antiguo de los campos de tectitas bien vinculados a su cráter.
Belice
La incorporación más reciente al club, antes de las geraisitas, fue la de Belice. Unos ejemplares vítreos de aspecto tectítico recogidos cerca de Pook’s Hill, en el oeste de Belice, se dataron en unos 804 ± 9 ka, y el equipo de Pierre Rochette los vinculó en 2021 con el cráter de Pantasma, de 14 km, identificado recientemente en Nicaragua, a unos 530 km de distancia. Algunos geoquímicos especialistas en impactos siguen siendo prudentes; en 2022, un artículo señaló que la química global por sí sola no es inequívoca, aunque el contenido de agua muy bajo, las inclusiones de lechatelierita y la ausencia de cristales favorecen en conjunto un origen por impacto.
Con eso, la cuenta llega a seis.
¿Dónde está el cráter?
Christian Köberl, de la Universität Wien, decano de la geoquímica de tectitas, se ha mantenido prudente. No formaba parte del equipo de Crósta. En Eos enmarcó el artículo de las geraisitas con su precisión característica: «Es un hallazgo interesante que añade probablemente el segundo campo de dispersión de tectitas adicional, además del de Belice, a los cuatro campos “clásicos” que se conocen desde hace más de 100 años». «Seis apariciones de tectitas distintas en todo el mundo son un número bastante pequeño», añadió Köberl. «Este descubrimiento aporta observaciones y datos nuevos e importantes a nuestra comprensión de las tectitas, pero harán falta más análisis».
Entonces, ¿dónde está el cráter?
El campo de dispersión de las geraisitas, incluso con la longitud conservadora de 90 km que se publicó, es lo bastante grande como para exigir un impacto considerable. El fuerte empobrecimiento en agua del vidrio final, la amplia dispersión aerodinámica y el volumen total de material fundido apuntan a una estructura de varios kilómetros de diámetro, aunque el equipo de Crósta deja claro que todavía no puede precisar el tamaño ni la velocidad del impactor. «El equipo trabaja actualmente en un modelo matemático de impactos para estimar parámetros como la energía liberada, la velocidad, el ángulo de entrada y el volumen de roca fundida», afirma el comunicado de la FAPESP. En presente. En curso.
Brasil es geológicamente insólito por las pocas estructuras de impacto que conserva. Su registro de impactos confirmados es breve, con nueve estructuras (Reimold et al. 2022; Kenkmann 2021): Araguainha (40 km), Serra da Cangalha (13,7 km), Cerro do Jarau (~13,5 km), Vargeão (12,4 km), Santa Marta (~10 km), Vista Alegre (9,5 km), Nova Colinas (~7 km, confirmada en 2022), Riachão (4,1 km) y la pequeña y muy meteorizada estructura de Colônia (3,6 km), la mayoría de ellas mucho más antiguas que 6,3 Ma. El cratón de São Francisco es, además, una de las porciones más estables y más profundamente meteorizadas de la corteza sudamericana. Un cráter incluso de diez o quince kilómetros de diámetro, enterrado bajo sedimentos del Cenozoico tardío, regolito laterítico o vegetación de cerrado, podría pasar inadvertido durante decenas de millones de años. Crósta ha iniciado la búsqueda con imágenes de satélite, levantamientos aerogeofísicos y detección de anomalías circulares. «En el futuro, métodos aerogeofísicos como los levantamientos magnéticos y gravimétricos podrían revelar anomalías circulares asociadas a un cráter enterrado o erosionado», informó la FAPESP.
También existe la posibilidad de que el cráter no esté en Brasil en absoluto. Crósta ha señalado a varios medios que el impacto pudo producirse en el mar, y que el patrón de dispersión de 900 km sugiere que aparecerán más muestras en regiones vecinas. El cráter del campo australasiático está bajo coladas volcánicas en Laos; el del campo norteamericano está bajo el mar, en la bahía de Chesapeake. El cráter de las geraisitas podría esconderse bajo el suelo brasileño, bajo sedimentos atlánticos o bajo la piel laterítica del cratón.
Por qué el descubrimiento de las geraisitas importa para el registro de impactos de la Tierra
Las tectitas son objetos pequeños sobre los que recae un gran peso de inferencias. Un solo vidrio de salpicadura de 5 centímetros, caído en un pasto del cerrado hace seis millones de años, puede acotar cuándo ocurrió un impacto, identificar la roca que fundió y, si consigues encontrar el cráter, cerrar el círculo de una colisión planetaria. Tres de los seis campos de tectitas conocidos tienen un cráter de origen confirmado. Los otros tres —el australasiático, el de Belice y ahora el de Brasil— no.
El descubrimiento de las geraisitas amplía el censo de cráteres de Sudamérica, crónicamente escaso: un continente cuyo registro de impactos lleva mucho tiempo por detrás del de Norteamérica, Europa y Australia. Junto con Belice, muestra además que los cuatro campos de dispersión clásicos se quedaban cortos a la hora de contar los impactos productores de tectitas del Cenozoico tardío, una tendencia que Köberl presenta ahora como la segunda confirmación de lo mismo. Y ancla un impacto desconocido, de escala kilométrica y con seis millones de años de antigüedad, al cratón de São Francisco, uno de los fragmentos de litosfera continental más antiguos del hemisferio sur.
A Crósta le gusta hacer la comparación con Marte. «La Tierra fue bombardeada igual que Marte», dijo a Eos. «Pero aquí no vemos los cráteres con tanta facilidad porque nuestro planeta es muy dinámico, con tectónica de placas y erosión. Para estudiar esa historia tenemos que buscar rastros, y las tectitas son uno de ellos». El cráter de Pantasma se esconde bajo la selva y la piedra pómez. El de la bahía de Chesapeake está ahogado bajo sedimentos salobres. Yarrabubba, en el Pilbara, ha quedado reducido por la erosión a un fantasma geoquímico que se detecta sobre todo a través de circones de choque. Tanis registra su impacto a un continente de distancia, como una tanatocenosis de peces muertos a las pocas horas del impacto de Chicxulub. El vidrio del desierto líbico sigue siendo objeto de debate. Las geraisitas, tiradas en fincas brasileñas y apodadas «turmalina de fondo de botella», quizá sean el registro más humilde de todos.
El artículo del equipo de Crósta se cierra con una frase que mira al futuro y que se lee a la vez como confianza y como reconocimiento: «Esto tiene implicaciones importantes para el registro global de impactos de la Tierra, pues sugiere que podría haber otras apariciones de tectitas aún sin descubrir, con orígenes, composiciones químicas y edades distintas». Cuatro de los seis campos se conocían desde principios del siglo XX. Un quinto, el de Belice, se confirmó en 2021. Un sexto, en Brasil, en 2025. El cielo lleva más tiempo cayéndose, y en más direcciones, de lo que jamás revelaron los cuatro campos clásicos. El próximo equivalente de las geraisitas puede estar ahora mismo en el cajón de alguien, confundido con un trozo de escoria o con un fondo de botella. El teléfono de Crósta, por lo que parece, no ha dejado de sonar.
El cráter, mientras tanto, está en algún lugar del cerrado, o bajo él.
Preguntas frecuentes
¿Qué es una geraisita?
Una geraisita es un vidrio de impacto natural, o tectita, que se encuentra en el norte de Brasil. Estos vidrios pesan desde menos de un gramo hasta unos 85,4 gramos, se ven negros y opacos con luz normal pero translúcidos y de color gris verdoso con luz intensa, y tienen formas de salpicadura (esféricas, de gota, de mancuerna, retorcidas). Recibieron su nombre oficial en el artículo de Geology de diciembre de 2025 de Álvaro Crósta y sus colegas, por el estado brasileño de Minas Gerais, donde se recogieron los primeros ejemplares. Las geraisitas constituyen el sexto campo de dispersión de tectitas reconocido en la Tierra y el primero de Sudamérica.
¿Qué edad tiene el campo de tectitas brasileño?
La mejor edad 40Ar/39Ar del estudio de Crósta et al. es de unos 6,3 millones de años, lo que sitúa el impacto en el piso Messiniense del Mioceno tardío. Tres edades plateau (6,78 ± 0,02, 6,40 ± 0,02 y 6,33 ± 0,02 Ma) están lo bastante agrupadas como para defender un único evento. Crósta advierte de que 6,3 Ma debe leerse como una edad máxima, porque parte del argón radiogénico puede haberse heredado de las antiquísimas rocas diana en lugar de haberse puesto a cero con el impacto.
¿Dónde está el cráter que formó las geraisitas?
No se ha encontrado. Los datos isotópicos (Sr, Nd, Hf) apuntan a una diana de corteza granítica mesoarcaica de entre 3.000 y 3.300 millones de años, compatible con el cratón de São Francisco, en el este de Brasil. El equipo de Crósta lo busca con imágenes de satélite, datos magnéticos y gravimétricos y modelización de impactos. El cráter podría estar enterrado bajo sedimentos o laterita, profundamente erosionado o, dada la extensión de más de 900 km del campo de dispersión comunicada desde que se envió el artículo, quizá en el mar. Tres de los seis campos de tectitas conocidos siguen sin un cráter de origen confirmado; el de las geraisitas es, por ahora, uno de ellos.




