Introducción
Una erupción límnica es uno de los asesinos más extraños de la Tierra: una inundación invisible de gas que brota del fondo de un lago. Solo ha sucedido dos veces en la memoria reciente, ambas en Camerún. El tercer candidato, el lago Kivu, es miles de veces más grande, y a su orilla duermen ciudades.

Al anochecer del 21 de agosto de 1986, la aldea de Lower Nyos, en el noroeste de Camerún, descansaba tras un ajetreado día de mercado. El ganado permanecía quieto en la oscuridad. La gente ya había cenado y se había acostado temprano. En algún momento entre las 9 y las 10 p. m., un sonido recorrió el valle: los testigos lo describirían más tarde como un retumbo lejano; los que estaban más cerca del agua, como un burbujeo. Una columna de agua y espuma se elevó unos cien metros sobre la superficie del lago Nyos, un pequeño lago de cráter encajado en el flanco de un volcán dormido. Después, una nube invisible y más pesada que el aire se deslizó valle abajo a la velocidad de un automóvil.
Cuando los supervivientes despertaron, el valle estaba muerto. Más de 1.700 personas yacían donde habían caído: en los umbrales de las puertas, en sus camas, junto a fogones que hacía tiempo se habían enfriado. El ganado, los perros, los pájaros y los insectos habían muerto con ellas, sin una sola marca en el cuerpo. En la propia aldea de Nyos, de unas 800 personas solo sobrevivió un puñado. Lo que las mató no fue la lava, ni el agua, ni un veneno en ningún sentido corriente. Fue dióxido de carbono, CO₂ común y corriente, liberado en un único y catastrófico eructo desde el fondo del lago. Hoy el fenómeno tiene nombre: erupción límnica.
La noche en que el lago Nyos exhaló
La magnitud del desastre del lago Nyos tomó al mundo por sorpresa, en parte porque nunca se había documentado nada parecido a esa escala. Un equipo de científicos estadounidenses, enviado por la Office of U.S. Foreign Disaster Assistance, llegó al lago en cuestión de semanas. Sus resultados, publicados en la revista Science en 1987 por George Kling y sus colegas, se convirtieron en el relato de referencia. El equipo, del que formaban parte el geólogo del USGS John Lockwood y el geoquímico William Evans, concluyó que la mayor parte del gas era dióxido de carbono almacenado en las aguas profundas del lago, que las víctimas murieron asfixiadas por el CO₂, que el gas era de origen magmático y, lo que es crucial, que no había habido ninguna erupción volcánica directa. El asesino había sido el propio lago.
Hoy el número de víctimas suele cifrarse en 1.746, la cifra que aparece en la Encyclopaedia Britannica y en la mayoría de las obras de referencia, además de más de 3.500 cabezas de ganado. Conviene ser precisos con la incertidumbre: el artículo de Science de la época hablaba de «al menos 1.700», y la literatura médica de entonces usaba «unas 1.700». La cifra exacta nunca llegó a establecerse del todo en una región remota donde familias enteras murieron juntas y los entierros se hicieron deprisa. Ambas cifras apuntan al mismo horror; la más alta refleja un recuento posterior más completo.
El propio lago guardaba las pruebas. Las fotografías que el geólogo del USGS John Lockwood tomó en los días siguientes muestran el agua vuelta de un intenso pardo rojizo, hierro de las profundidades removido hasta la superficie y una franja de vegetación aplastada por una ola. Los cadáveres de más de tres mil reses yacían dispersos por las colinas.
¿Qué es una erupción límnica?
Imagina una botella de agua con gas sin abrir. El líquido parece en calma, pero contiene mucho más dióxido de carbono disuelto del que podría retener a presión normal, porque el tapón cerrado mantiene el contenido presurizado. Afloja el tapón y el gas escapa de la disolución en forma de burbujas. Esa es la física, regida por la ley de Henry, que subyace a toda erupción límnica, solo que aquí el «tapón» es el enorme peso de cientos de metros de agua.
En un lago profundo y tranquilo alimentado por CO₂ volcánico, el gas se filtra desde abajo y se disuelve en el agua fría del fondo. La presión aumenta y la temperatura baja a medida que desciendes, y ambas condiciones permiten que el agua retenga más gas. A lo largo de décadas o siglos, la capa profunda se va cargando: en Nyos, el agua del fondo contenía varias veces su propio volumen en CO₂ disuelto. Mientras esa agua permanezca quieta, el gas sigue disuelto. El peligro está en la perturbación. Un deslizamiento de tierra, una descarga de lluvia fría, un pulso de calor volcánico desde abajo o, simplemente, un vuelco interno: cualquiera de ellos puede elevar una porción de agua profunda. A medida que sube, la presión disminuye, se forman burbujas y el agua burbujeante gana flotabilidad, de modo que asciende más deprisa y libera más gas en una reacción en cadena desbocada. Una columna de gas y agua irrumpe en la superficie. El CO₂, unas 1,5 veces más denso que el aire, se acumula entonces y fluye pendiente abajo, pegado al suelo, desplazando el oxígeno que personas y animales necesitan para respirar.

La muerte por CO₂ es silenciosa. Según el National Institute for Occupational Safety and Health de Estados Unidos, una concentración atmosférica de 100.000 ppm, es decir, un 10 % de CO₂, es inmediatamente peligrosa para la vida, y la exposición a ese nivel «durante solo unos minutos puede causar la pérdida del conocimiento». Los supervivientes de Nyos describieron una sensación de calor, un olor tenue y, después, nada: despertaron horas más tarde, aturdidos, y descubrieron que sus familias ya no estaban.
El lago Monoun: la primera advertencia desatendida
Nyos no fue el primero. Dos años antes, el 15 de agosto de 1984, un lago más pequeño, situado unos 100 km al sureste, había hecho lo mismo. El lago Monoun mató a 37 personas, varias de ellas en una carretera al amanecer, y al principio las muertes se atribuyeron a un acto criminal —se llegó a sospechar de un ataque químico— en un periodo de tensión política. Hizo falta el trabajo del vulcanólogo Haraldur Sigurdsson y sus colegas, publicado en el Journal of Volcanology and Geothermal Research en 1987, para diagnosticar la verdadera causa: una liberación repentina de dióxido de carbono desde las aguas profundas del lago, el mismo mecanismo que después devastaría Nyos.
Monoun es una advertencia dentro de otra advertencia. La señal estaba ahí, pero era pequeña, local y fácil de atribuir a otra cosa. Si se hubiera comprendido antes, la respuesta en Nyos quizá habría llegado antes. Juntos, los dos lagos cameruneses consolidaron las erupciones límnicas como una clase propia de peligro natural, una que, a diferencia de la mayoría de las amenazas volcánicas, los científicos llegaron a considerar predecible y, lo que es notable, evitable.
El lago Kivu: el primo peligroso
Si Nyos y Monoun son las advertencias, el lago Kivu es la razón por la que todavía alguien presta atención. A caballo entre Ruanda y la República Democrática del Congo, en la rama occidental del Rift de África Oriental, el Kivu no es una pequeña charca de cráter. Es uno de los Grandes Lagos de África: una profundidad máxima de unos 485 metros (las fuentes más antiguas dan 475 m, pero los trabajos recientes revisados por pares usan 485), una superficie de unos 2.370 kilómetros cuadrados y un volumen del orden de 550 kilómetros cúbicos. En volumen, el Kivu es unas 2.000 veces mayor que el lago Nyos —la empresa operadora ContourGlobal usa esa cifra de «2.000 veces»—, mientras que un estudio de modelización de la Universidad de Calgary de 2025 (publicado en el volumen de 2026 de la revista) habla de un tamaño «3.000 veces mayor» en relación con los lagos de Camerún. En cualquier caso, la diferencia es de categoría, no de grado.
Y está cargado. La estimación de referencia, que se remonta al científico alemán Tietze en 1978 y todavía se cita hoy, es que las aguas profundas y estratificadas del Kivu contienen unos 300 kilómetros cúbicos de CO₂ disuelto y 60 kilómetros cúbicos de metano (CH₄) disuelto. El metano es la diferencia que hace al Kivu excepcionalmente peligroso. En Nyos, la amenaza era la asfixia. En el Kivu, las aguas profundas albergan un enorme depósito de gas inflamable, de modo que una gran liberación no solo supondría un riesgo de asfixia, sino también de incendio y explosión. Además, el lago está a la vista de los volcanes de los Virunga, entre ellos el Nyiragongo, uno de los volcanes más activos de África, cuyo lago de lava se cierne sobre la ciudad congoleña de Goma, en la orilla norte.
¿Cuántas personas viven expuestas al peligro? La cifra que se repite en la literatura científica y periodística es de unos dos millones en las orillas inmediatas. El mismo estudio de modelización, publicado en la revista de la Royal Society of Chemistry Environmental Science: Processes & Impacts por Hadi Saboorian-Jooybari y Hassan Hassanzadeh, de la Universidad de Calgary, amplía el foco y señala que el lago se encuentra en una cuenca mucho más densamente poblada y mucho más extensa que la de los lagos cameruneses, en la que, según estiman los autores, viven unos 5,7 millones de personas. En cualquier caso, no se trata de un valle remoto con unos cientos de agricultores. Es una ribera poblada, con ciudades, flotas pesqueras y complejos turísticos junto al lago.

Lo que mantiene el gas abajo es la extraordinaria estructura del lago. El Kivu no se mezcla como lo hacen los lagos corrientes. Su agua profunda es más cálida y mucho más salada que la de la superficie, y está alimentada por manantiales subterráneos cálidos, salinos y ricos en gas que entran por debajo de unos 260 metros. La sal hace que el agua profunda sea lo bastante densa como para que el calor no pueda elevarla, de modo que las capas permanecen fijas en su sitio, una condición que los limnólogos llaman meromixis. El estudio de Calgary describe una «escalera» de capas superpuestas separadas por bruscos saltos de densidad, o quimioclinas, a profundidades de unos 85, 191, 257, 313 y 390 metros, y acuña el término «convección de cuádruple difusión» para la interacción entre el calor, la sal, el CO₂ y el metano. Solo los 60 metros superiores, aproximadamente, circulan y sostienen peces. Por debajo, el agua lleva siglos quieta, acumulando gas.
¿Está creciendo el peligro?
Aquí es donde el panorama se complica. En 2005, un equipo del que formaban parte los científicos de Eawag Martin Schmid y Alfred Wüest informó en Geochemistry, Geophysics, Geosystems de que, entre 1974 y 2004, el CO₂ disuelto en el Kivu había aumentado alrededor de un 10 % y el metano, entre un 15 y un 20 %. Esa trayectoria, de ser real y sostenida, implicaba que el lago se estaba cargando camino de una eventual saturación; la frase que acaparó los titulares fue «riesgo creciente de erupción de gas incontrolada». De ahí procede buena parte del discurso de la «bomba de tiempo» que todavía circula.
Pero medir en un lago cargado de gas es realmente difícil, y la tendencia de 2005 se basaba en comparar datos obtenidos con métodos distintos a lo largo de décadas. Para aclararlo, un equipo internacional llevó a cabo una minuciosa campaña de intercomparación cerca de Gisenyi/Rubavu, en Ruanda, del 9 al 13 de marzo de 2018, con grupos de Eawag, del UFZ alemán, del CNRS francés y de KivuWatt midiendo la misma agua con instrumentos diferentes. Su conclusión, publicada en 2020 en PLOS ONE por Fabian Bärenbold y sus colegas de Eawag, fue tranquilizadora y contundente. En las aguas profundas, los perfiles de metano obtenidos con distintas técnicas coincidían con un margen del 5 al 10 %, y esta es la frase clave: «al comparar nuestros datos con mediciones anteriores, no podemos confirmar el aumento de las concentraciones de metano desde 1974 que se había sugerido. Por lo tanto, concluimos que las concentraciones de metano y de dióxido de carbono en el lago Kivu se encuentran actualmente cerca de un estado estacionario».
Dicho llanamente: los mejores datos modernos no muestran que el metano avance a toda velocidad hacia un umbral. Con las pruebas actuales, el riesgo de una erupción límnica espontánea causada solo por la acumulación de gas no está aumentando. El equipo de Bärenbold también midió algo menos de metano que las cifras de referencia más antiguas: unos 40 kilómetros cúbicos en la «zona de recursos» profunda, en lugar de las cifras más altas que antes se usaban para planificar proyectos energéticos.
El estudio de modelización de Calgary refuerza esta lectura más tranquila desde otro ángulo. Al simular el comportamiento del lago durante el próximo medio milenio, los autores concluyen que los temores que se citan con frecuencia —que una inestabilidad de flotabilidad pudiera desencadenar un vuelco o que la columna de agua pudiera alcanzar espontáneamente la sobresaturación— no encuentran respaldo en su modelo hidrodinámico en condiciones de estado estacionario. Nada de esto significa que el Kivu sea inofensivo. Significa que la catástrofe más probable no es un lago que se carga en silencio hasta reventar, sino un empujón externo.
Desactivar la bomba
La parte más esperanzadora de la historia de las erupciones límnicas es que el ser humano ya ha desactivado dos de estos lagos, Nyos y Monoun, y está vaciando de gas el tercero con fines lucrativos.
En los lagos Nyos y Monoun, un equipo francés dirigido por el físico Michel Halbwachs dedicó más de una década a desarrollar una solución de una sencillez desarmante: una tubería. Basta con bajar un tubo desde la superficie hasta el agua profunda rica en gas y cebarlo con una bomba para que el agua que asciende empiece a burbujear; las burbujas hacen que la columna gane flotabilidad y el flujo se vuelve autosostenido: una fuente controlada y permanente que va liberando el gas a un ritmo seguro. Tras las pruebas de viabilidad en Monoun en 1992 y en Nyos en 1995, la primera tubería operativa del lago Nyos se puso en servicio el 30 de enero de 2001 y lanzaba un surtidor de unos 50 metros de altura. En 2011 se sumaron dos tuberías más para acelerar el trabajo. Monoun, el lago más pequeño, recibió tuberías entre 2003 y 2006 y hacia 2011 había quedado reducido a niveles de gas seguros, tras eliminarse más del 90 % de su CO₂ máximo. Halbwachs, Jean-Christophe Sabroux y Gaston Kayser documentaron toda la trayectoria del proyecto en el Journal of African Earth Sciences en 2020 y señalaron que una sola tubería bien ajustada podía ya seguir el ritmo de la recarga natural de CO₂ del lago.

El Kivu es demasiado grande para desactivarlo con unas pocas fuentes, y su metano es demasiado valioso para limitarse a liberarlo a la atmósfera. Así que el reto de ingeniería se convirtió en un negocio: extraer el gas, vender la energía y, de paso, reducir el peligro. Esa es la premisa de KivuWatt, una planta montada sobre una barcaza que opera KivuWatt Ltd, filial de ContourGlobal, con motores suministrados por la empresa finlandesa Wärtsilä y electricidad vendida al Rwanda Energy Group. La instalación capta agua cargada de gas a unos 300 metros de profundidad, deja que el metano burbujee al bajar la presión, lo depura y envía el gas limpio por tubería hasta la orilla para generar electricidad. Entró en operación comercial el 31 de diciembre de 2015 y fue inaugurada oficialmente por el presidente ruandés Paul Kagame el 16 de mayo de 2016.
Una década después, KivuWatt sigue funcionando con la capacidad de su fase 1, de unos 26 MW. ContourGlobal, propiedad íntegra de la firma estadounidense de capital privado KKR desde que la compañía dejó de cotizar en bolsa en diciembre de 2022, afirma en su propia página sobre KivuWatt que la producción de la planta representa una parte importante de la capacidad instalada de Ruanda, con una generación acumulada que, según el operador, se acerca a 2 TWh desde su entrada en operación comercial, y que ha «evitado la emisión de 1,1 millones de toneladas de CO₂» (cifras declaradas por el propio operador). La visión más ambiciosa, una fase 2 que añadiría 75 MW para alcanzar unos 100 MW en total, no se ha construido; lleva años prácticamente paralizada, sin avances en la construcción y sin una cancelación formal. Otra planta de metano, Shema Power Lake Kivu, está añadiendo más capacidad en el lado ruandés.
Qué haría falta para desencadenar el Kivu y qué siguen debatiendo los científicos

Si la acumulación de gas por sí sola no es la amenaza inminente, ¿cuál lo es? La respuesta honesta es que la verdadera incertidumbre reside en los escenarios de desencadenamiento.
El volcán es la preocupación evidente. Cuando el Nyiragongo entró en erupción en enero de 2002, la lava se vertió en el lago Kivu a la altura de Goma, y se temió un vuelco. No se produjo: un estudio dirigido por Andreas Lorke en 2004 mostró que el calor y la convección generados por la lava quedaron confinados en la parte superior de la columna de agua, muy lejos del depósito profundo de gas. El Nyiragongo volvió a entrar en erupción el 22 de mayo de 2021. El servicio de emergencias de la Comisión Europea informó de 32 muertes, entre ellas personas fallecidas durante la evacuación en medio del pánico, otras quemadas por la lava y varias asfixiadas por los gases, y unas 400.000 personas huyeron de Goma. Un equipo dirigido por Gianluca Boudoire, en un trabajo publicado en Scientific Reports en 2022, utilizó una red de monitorización impulsada por la ciudadanía para demostrar que el gas que escapaba por las nuevas fracturas del terreno tenía un origen mayoritariamente somero, sin conexión directa con el magma profundo, y que, una vez más, las capas profundas del lago no se habían desestabilizado. La tranquilidad es real, pero tiene límites: una erupción futura podría enviar el magma a mayor profundidad o abrir fracturas en un lugar peor. Investigadores respaldados por la UNESCO que estudiaron la región después de 2021 concluyeron que es probable que la próxima erupción avance hacia Goma y el lago.
Luego está la pregunta que plantearon los propios científicos: ¿podría la extracción del gas ser un peligro en sí misma? Extraer metano implica bombear agua profunda hacia arriba, separar el gas y reinyectar en algún lugar el agua ya desgasificada. Si lo haces mal y devuelves el agua a la profundidad equivocada, podrías erosionar precisamente la estratificación de densidad que mantiene estable el lago. Las pruebas más recientes son aleccionadoras justamente porque no suponen un visto bueno sin reservas. Un estudio de 2025 presentado en la Asamblea Científica de la IAVCEI en Ginebra por Tomy Doda, Martin Schmid y sus colegas de Eawag, en colaboración con la Autoridad de Gestión Ambiental de Ruanda y KivuWatt, analizó 2.524 perfiles de conductividad, temperatura y profundidad recopilados entre 2008 y 2022. Descubrieron que el agua desgasificada reinyectada ha formado una nueva capa salina justo por encima del principal gradiente de densidad del lago, y que la extracción y la inyección, en conjunto, han provocado un «lento descenso de ese gradiente». Su conclusión es prudente: los cambios «confirman cualitativamente las predicciones del modelo, aunque parecen avanzar más deprisa de lo esperado, lo que subraya la necesidad de mantener la vigilancia». Dicho de otro modo, la mitigación no ha desestabilizado el lago, pero está empujando poco a poco su estructura, algo más deprisa de lo que preveían los modelos. (Por ahora, este hallazgo es una presentación en un congreso, todavía no un artículo revisado por pares en una revista, y sus datos solo llegan hasta 2022.)
También hay un peligro más silencioso en Nyos. El lago está contenido por una presa natural de roca piroclástica deleznable, y los geólogos —en particular en una evaluación del USGS y en una misión de expertos de la ONU en 2005— han advertido de que la erosión podría acabar abriendo una brecha en ella y vaciar el lago en una inundación que llegaría hasta Nigeria y que, al bajar la presión, podría desencadenar otra liberación de gas. Se han propuesto medidas de mitigación; la presa sigue bajo vigilancia.
La incertidumbre más profunda es la propia historia. Los testigos de sedimento del Kivu sugieren que el lago ha sufrido grandes episodios de desgasificación aproximadamente cada mil años, que acabaron con la vida acuática y arrastraron al agua la vegetación de las orillas. Nadie sabe con exactitud qué desencadenó esos episodios pasados ni cuándo se produjo exactamente el último. Esa recurrencia es el argumento más sólido de que el Kivu puede entrar en erupción, y la razón por la que la postura correcta es el statu quo prudente, vigilado y basado en la extracción del gas, y no la complacencia.
Entonces, ¿es seguro vivir allí y viajar a la zona? Para los fines corrientes, sí. El gas disuelto se encuentra a cientos de metros de profundidad; las aguas superficiales donde la gente nada, pesca y navega no se ven afectadas, y el Kivu es, de hecho, uno de los lagos africanos más seguros para bañarse: no tiene cocodrilos, ni hipopótamos, ni el parásito que causa la bilharziasis. La amenaza es geológica y rara, no algo con lo que vaya a toparse un bañista. Lo que protege a la gente de la orilla no es la suerte. Son los instrumentos: un programa de vigilancia permanente, una gestión cuidadosa de cómo se extrae el gas y una comunidad científica que, desde una terrible noche de 1986, se ha negado a apartar la mirada.
La lección de Nyos fue que un lago puede matar en silencio. El logro de las décadas transcurridas desde entonces es que aprendimos a escuchar.
Preguntas frecuentes
¿Qué es una erupción límnica? Una erupción límnica es un desastre poco frecuente en el que un gran volumen de gas disuelto, normalmente dióxido de carbono, escapa de repente de las aguas profundas de un lago. El gas forma una nube densa que fluye a ras de suelo y puede asfixiar a personas y animales. Solo se sabe de tres lagos en la Tierra que hagan esto: Nyos, Monoun y Kivu.
¿Qué causa una erupción límnica? Una perturbación eleva agua rica en gas desde las profundidades: un deslizamiento de tierra, una descarga de lluvia fría, un pulso de calor volcánico desde abajo o un vuelco interno. A medida que el agua sube, la presión disminuye y se forman burbujas; el agua burbujeante asciende más deprisa y libera más gas, en una reacción en cadena desbocada.
¿Se ha producido alguna vez una erupción límnica? Dos veces de las que haya registro, ambas en Camerún: en el lago Monoun, el 15 de agosto de 1984, que mató a 37 personas, y en el lago Nyos, el 21 de agosto de 1986, que mató a entre 1.700 y 1.800 personas aproximadamente (la cifra que más se cita es 1.746).
¿Cuántas personas murieron en el lago Nyos? El desastre del lago Nyos del 21 de agosto de 1986 mató a entre 1.700 y 1.800 personas aproximadamente; la cifra que se cita con más frecuencia es 1.746, además de más de 3.500 cabezas de ganado. El informe original de 1987 en Science del equipo de George Kling hablaba de «al menos 1.700». Las muertes se debieron a la asfixia por dióxido de carbono, no a ninguna erupción volcánica directa.
¿Hubo supervivientes en el lago Nyos? Sí. Los supervivientes describieron una sensación de calor y un olor tenue, y después nada; despertaron horas más tarde, aturdidos, y descubrieron que sus familias ya no estaban.
¿Podría estallar el lago Kivu? Potencialmente sí, pero, con las pruebas actuales, no de forma inminente. El Kivu contiene unos 300 km³ de CO₂ y 60 km³ de metano en sus aguas profundas. Un estudio de 2020 publicado en PLOS ONE halló niveles de gas «cerca de un estado estacionario», que no avanzan a toda velocidad hacia un umbral. El desencadenante realista sería una sacudida externa, como una intrusión volcánica o un gran terremoto, más que una acumulación gradual.
¿Es seguro visitar el lago Kivu? Sí. Los gases peligrosos están atrapados a cientos de metros bajo la superficie, por lo que bañarse, navegar y alojarse junto al lago se consideran actividades seguras, y el lago está sometido a vigilancia continua. Además, el Kivu no tiene cocodrilos, ni hipopótamos, ni bilharziasis, lo que lo convierte en uno de los lagos africanos más seguros para el ocio. Aun así, los viajeros deben seguir las indicaciones locales.
¿Qué se está haciendo para evitar una erupción del lago Kivu? Dos cosas: vigilancia y extracción controlada de gas. La planta KivuWatt, en funcionamiento desde 2016, bombea agua profunda, separa el metano para generar unos 26 MW de electricidad para Ruanda y reinyecta el agua ya desgasificada, de modo que reduce poco a poco la carga de gas mientras abastece de energía a la región. Las autoridades ruandesas y científicos internacionales siguen de forma continua la estratificación del lago.
¿Por qué el lago Kivu es más peligroso que el lago Nyos? El Kivu es unas 2.000 veces mayor en volumen y, además de CO₂, contiene metano inflamable, lo que añade un peligro de incendio y explosión que Nyos no tenía. También se encuentra junto al volcán activo Nyiragongo, y en sus orillas inmediatas viven unos dos millones de personas, frente a unos pocos miles en torno a Nyos en 1986.




